martes, 14 de junio de 2011

miércoles, 20 de abril de 2011

Manipulación de prioridades

Estamos hasta los dientes de consumismo. La publicidad se incrusta en nuestras entrañas días tras día, inexorablemente. Las campañas de marketing determinan con precisión de cirujano la innumerable lista de cosas que necesitamos para vivir felices; por lo general productos llenos de tóxicos o servicios que solamente sirven para reclamar, cuya necesidad tendría signo negativo si fuera un número. Los profesionales de la salud, disfrazados con las acreditaciones que la educación formal -también empapada en intereses- les dio, salen en anuncios recomendándonos productos de las firmas que llenan sus bolsillos, cuando no lo hacen personalmente. En la calle, las grandes empresas nos repiten una y mil veces cuál es la receta para ser felices; y si de felicidad hablamos, no se trata ni de valores, ni de principios, sino de apariencias y logotipos. Nos transformamos en una sociedad de consumo ideal, en la que el estereotipo sigue todas las modas, pasea en autos importados, y consume toda la mierda que le venden. Como dice Eduardo Galeano, el sistema transpira violencia por todos los poros.
¿Qué mejor herramienta para masificar el consumo que los medios masivos de comunicación, en manos de otras corporaciones con intereses no menos siniestros?
El televisor jamás se pierde una cena familiar, para contarnos, en su rol protagónico, cuánta guita gastó Fort en su último viaje a Miami, o cuántas polleras puede colgar Marcelo Tinelli en el techo de su estudio, cortadas en vivo y en directo por él mismo para el deleite y la hipnotización de los tres o cuatro millones de personas que lo ven. -Esto no es cosificación de la mujer, es sólo dispersión para la gente que vuelve cansada de trabajar todo el día- insisten sus más fieles defensores. Los programas de los canales de aire tienen cada vez más publicidad y peores contenidos.
¿Cómo manipulan? Cuando nos sentamos frente a un televisor, nos distendemos automáticamente, dado que ver televisión no implica ningún tipo de esfuerzo mental, a diferencia de, por ejemplo, la lectura. Tomamos entonces una actitud totalmente pasiva y expectante, por debajo del estado de alerta normal, en la que no filtramos la información, quedando expuestos a la manipulación más perversa. Así, las intenciones de los productores de mentiras, introducidas en anuncios creados por profesionales, se cuelan en nuestra mente de una forma subliminal; a menos que conozcamos los métodos que utilizan y veamos con ojo crítico todo lo que nos dicen. Es esta gran capacidad de influencia la que hace de los medios masivos de difusión una herramienta útil para manejar el eje de prioridades de la sociedad, utilizada por los distintos grupos de poder en función de sus intereses.
Hoy, las nuevas tecnologías de la comunicación están introduciendo enormes cambios, entre los que podemos distinguir la participación activa de los individuos en las redes sociales de internet; fenómeno que está modificando a pasos agigantados el esquema comunicacional de la sociedad.

martes, 28 de diciembre de 2010

Sumersión

Son los últimos suspiros que me quedan, de esos que das al llegar a la superficie. Ya estoy un poco agitado y las bocanadas de aire son cada vez más grandes. Estoy tranquilo, afuera está la toalla y lo tengo claro. Sin embargo nunca me fui sin dar el último chapuzón. A éste voy preparado, sé que es el último. Mi reflejo en las estrellas no me deja dudar. En algún cuento leí que los espejos a veces mienten, ahora sé que también es aplicable a las piletas. No importa, es el último y afuera está la toalla. Lleno mis pulmones de oxígeno, tomo envión y me zambullo lo más profundo posible. No quiero perderme ni un detalle. Abajo hay un silencio suspensor del tiempo. Concentro todos y cada uno de mis sentidos en este laberinto. El agua helada corriendo por mi cabeza me hace sentir libre, cuando todavía estoy bien sumergido y cada segundo dura un siglo. Para poder llegar hasta el fondo, lo importante no es el agua, sino la pileta, ¿entendés?

lunes, 27 de diciembre de 2010

Maradona

Jugó, venció, meó, perdió. El análisis delató efedrina y Maradona acabó de mala manera su Mundial del 94. La efedrina, que no se considera droga estimulante en el deporte profesional de los Estados Unidos y de muchos otros países, está prohibida en las competencias internacionales.
Hubo estupor y escándalo. Los truenos de la condenación moral dejaron sordo al mundo entero, pero mal que bien se hicieron oír algunas voces de apoyo al ídolo caído. Y no sólo en su dolorida y atónita Argentina, sino en lugares tan lejanos como Bangladesh, donde una manifestación numerosa rugió en las calles repudiando a la FIFA y exigiendo el retorno del expulsado. Al fin y al cabo, juzgarlo era fácil, y era fácil condenarlo, pero no resultaba tan fácil olvidar que Maradona venía cometiendo desde hacía años el pecado dc ser el mejor, el delito de denunciar a viva voz las cosas que el poder manda callar y cl crimen de jugar con la zurda, lo cual, según el Pequeño Larousse Ilustrado, significa «con la izquierda» y también significa «al contrario de como se debe hacer».
Diego Armando Maradona nunca había usado estimulantes, en vísperas dc los partidos, para multiplicarse el cuerpo. Es verdad que había estado metido en la cocaína, pero se dopaba en las fiestas tristes, para olvidar o ser olvidado, cuando ya estaba acorralado por la gloria y no podía vivir sin la fama que no lo dejaba vivir. Jugaba mejor que nadie a pesar de la cocaína, y no por ella.
Él estaba agobiado por el peso de su propio personaje. Tenía problemas en la columna vertebral, desde el lejano día en que la multitud había gritado su nombre por primera vez. Maradona llevaba una carga llamada Maradona, que le hacía crujir la espalda. El cuerpo como metáfora: le dolían las piernas, no podía dormir sin pastillas. No había demorado en darse cuenta de que era insoportable la responsabilidad de trabajar de dios en los estadios, pero desde el principio supo que era imposible dejar de hacerlo. «Necesito que me necesiten», confesó, cuando ya llevaba muchos años con el halo sobre la cabeza, sometido a la tiranía del rendimiento sobrehumano, empachado de cortisona y analgésicos y ovaciones, acosado por las exigencias de sus devotos y por el odio de sus ofendidos.
El placer de derribar ídolos es directamente proporcional a la necesidad de tenerlos. En España, cuando Goicoechea le pegó de atrás y sin la pelota y lo dejó fuera de las canchas por varios meses, no faltaron fanáticos que llevaron en andas al culpable de este homicidio premeditado, y en todo el mundo sobraron gentes dispuestas a celebrar la caída del arrogante sudaca intruso en las cumbres, el nuevo rico ése que se había fugado del hambre y se daba el lujo de la insolencia y la fanfarronería.
Después, en Nápoles, Maradona fue santa Maradonna y san Gennaro se convirtió en san Gennarmando. En las calles se vendían imágenes de la divinidad de pantalón corto, iluminada por la corona de la Virgen o envuelta en el manto sagrado del santo que sangra cada seis meses, y también se vendían ataúdes de los clubes del norte de Italia y botellitas con lágrimas de Silvio Berlusconi. Los niños y los perros lucían pelucas de Maradona. Había una pelota bajo el pie de la estatua del Dante y el tritón de la fuente vestía la camiseta azul del club Nápoles. Hacía más de medio siglo que el equipo de la ciudad no ganaba un campeonato, ciudad condenada a las furias del Vesubio y a la derrota eterna en los campos de fútbol, y gracias a Maradona el sur oscuro había logrado, por fin, humillar al norte blanco que lo despreciaba. Copa tras copa, en los estadios italianos y europeos, el club Nápoles vencía, y cada gol era una profanación del orden establecido y una revancha contra la historia. En Milán odiaban al culpable de esta afrenta de los pobres salidos de su lugar, lo llamaban jamón con rulos. Y no sólo en Milán: en el Mundial del 90, la mayoría del público castigaba a Maradona con furiosas silbatinas cada vez que tocaba la pelota, y la derrota argentina ante Alemania fue celebrada como una victoria italiana.
Cuando Maradona dijo que quería irse de Nápoles, hubo quienes le echaron por la ventana muñecos de cera atravesados de alfileres. Prisionero de la ciudad que lo adoraba y de la camorra, la mafia dueña de la ciudad, él ya estaba jugando a contracorazón, a contrapié; y entonces, estalló el escándalo de la cocaína. Maradona se convirtió súbitamente en Maracoca, un delincuente que se había hecho pasar por héroe.
Más tarde, en Buenos Aires, la televisión trasmitió el segundo ajuste de cuentas: detención en vivo y en directo, como si fuera un partido, para deleite de quienes disfrutaron el espectáculo del rey desnudo que la policía se llevaba preso.
«Es un enfermo», dijeron. Dijeron: «Está acabado». El mesías convocado para redimir la maldición histórica de los italianos del sur había sido, también, el vengador de la derrota argentina en la guerra de las Malvinas, mediante un gol tramposo y otro gol fabuloso, que dejó a los ingleses girando como trompos durante algunos años; pero a la hora de la caída, el Pibe de Oro no fue más que un farsante pichicatero y putañero. Maradona había traicionado a los niños y había deshonrado al deporte. Lo dieron por muerto.
Pero el cadáver se levantó de un brinco. Cumplida la penitencia de la cocaína, Maradona fue el bombero de la selección argentina, que estaba quemando sus últimas posibilidades de llegar al Mundial 94. Gracias a Maradona, llegó. Y en el Mundial, Maradona estaba siendo otra vez, como en los viejos tiempos, el mejor de todos, cuando estalló el escándalo de la efedrina.
La máquina del poder se la tenía jurada. Él le cantaba las cuarenta, eso tiene su precio, cl precio se cobra al contado y sin descuentos. Y el propio Maradona regaló la justificación, por su tendencia suicida a servirse en bandeja en boca de sus muchos enemigos y esa irresponsabilidad infantil que lo empuja a precipitarse en cuanta trampa se abre en su camino.
Los mismos periodistas que lo acosan con los micrófonos, lc reprochan su arrogancia y sus rabietas, y lo acusan de hablar demasiado. No les falta razón; pero no es eso lo que no pueden perdonarle: en realidad, no les gusta lo que a veces dice. Este petiso respondón y calentón tiene la costumbre de lanzar golpes hacia arriba. En el 86 y en el 94, en México y en Estados Unidos, denunció a la omnipotente dictadura de la televisión, que estaba obligando a los jugadores a deslomarse al mediodía, achicharrándose al sol, y en mil y una ocasiones más, todo a lo largo de su accidentada carrera, Maradona ha dicho cosas que han sacudido el avispero. Él no ha sido el único jugador desobediente, pero ha sido su voz la que ha dado resonancia universal a las preguntas más insoportables: ¿Por qué no rigen en el fútbol las normas universales del derecho laboral? Si es normal que cualquier artista conozca las utilidades del show que ofrece, ¿por qué los jugadores no pueden conocer las cuentas secretas de la opulenta multinacional del fútbol? Havelange calla, ocupado en otros menesteres, y Joseph Blatter, burócrata de la FIFA que jamás ha pateado una pelota pero anda en limusinas de ocho metros y con chófer negro, se limita a comentar:
—El último astro argentino fue Di Stéfano.
Cuando Maradona fue, por fin, expulsado del Mundial del 94, las canchas de fútbol perdieron a su rebelde más clamoroso. Y también perdieron a un jugador fantástico. Maradona es incontrolable cuando habla, pero mucho más cuando juega: no hay quien pueda prever las diabluras de este inventor de sorpresas, que jamás se repite y que disfruta desconcertando a las computadoras. No es un jugador veloz, torito corto de piernas, pero lleva la pelota cosida al pie y tiene ojos en todo el cuerpo. Sus artes malabares encienden la cancha. El puede resolver un partido disparando un tiro fulminante de espaldas al arco o sirviendo un pase imposible, a lo lejos, cuando está cercado por miles de piernas enemigas; y no hay quien lo pare cuando se lanza a gambetear rivales.
En el frígido fútbol de fin de siglo, que exige ganar y prohibe gozar, este hombre es uno de los pocos que demuestra que la fantasía puede también ser eficaz.



Fútbol a luz y sombra. Eduardo Galeano.

lunes, 29 de noviembre de 2010

recuerdos de recuerdos

Los ciruelos del fondo de la casa de Corvalán, trepadoras por excelencia para un chico de cinco años. El viaje a Mendoza, los viejos adelante, la petisa y yo, acostados más cómodos que nunca en el asiento de atrás del Regata. Lágrimas de cocodrilo para ir al “chopping” (jamás fallaban) y “pobrecita mamá ya va a pasar”, con los brazos apenas a la altura de tus rodillas. Los autitos de colección de Montevideo, y tres días y tres días.

Click. Mi vieja, Ni y yo a las torres de Yatay. Una simple mudanza, nada más. Ilusos deseos ya resignados persistieron por un tiempo. Nostalgias empañadas por el olvido aparecen de vez en cuando. Quizás no sea lo ideal, pero a lo mejor no es tan malo. Cómo hubiera sido. No sé, pero no fue; en la próxima vida, quizás.

sábado, 30 de octubre de 2010

Sueño

En estos días es frecuente escuchar que estamos ante un momento bisagra de nuestra particular historia socio-política. El modelo nacional y popular de Néstor está dejando sus frutos. Lo fantástico (aunque no menos real) de esta situación, es que no depende de la veracidad, o no, de sus reales intenciones. Tenemos ante nuestros ojos una segunda oportunidad de abrir el camino a una sociedad más justa.

Hoy tuve un sueño. En él conocí a una señora que –según el Clarín de ayer- compró anoche a la mismísima Justicia en un remate de valores, producto de un embargo que sufrió el Paraíso tras declararse en quiebra. Cuando digo Justicia, me refiero a la impecable y perfecta mujer de blanco que suele portar una balanza. A partir del momento en que se efectuó el pago, la mujer compradora se transformó en la única persona en el mundo que tiene acceso a la verdad.

En ese encuentro, me cuenta que Kirchner y los suyos robaron de las cajas del estado cifras impensables, enormes. También nos dice que la magnífica Ley de Asignación Universal por Hijo es en realidad un cuento, que nadie la puede cobrar y por lo tanto ni hay menos pobres, ni ingresan más chicos al sistema. Que el INDEC dejó de ser un parámetro real, y Moreno es en realidad Al Capone disfrazado. Me dice con firmeza que el sostenido como nunca crecimiento económico se debe en realidad a la renta de la soja, y a la venta de autos a Brasil, el resto son pérdidas. Afirma que las AFJP son confiables y con ellas la plata de los futuros abuelos está bien cuidada, por lo que la estatización fue un error. Finalmente, agrega que la Ley de Medios es una porquería, igual que la anterior, y concluye que el gobierno actual es el peor de la historia de nuestro pueblo.

Antes de emprender retirada, la dueña de la verdad me pide un favor. Me dice que no le cuente a nadie nada acerca de todo lo que me reveló. Me explicó que en caso de que eso ocurra perderíamos esta nueva oportunidad que tenemos como pueblo de acercarnos a una sociedad más justa y a la transformación de las peores miserias en una patria enorme. La gente está volviendo a salir a la calle, a participar, a involucrarse. El gobierno que venga, sea el que sea, va a escuchar la respiración del pueblo atrás de la oreja como pocas veces la escuchó. Una vez más, pero con la diferencia que Argentina y Latinoamérica ya conocen el infierno. Eso es lo trascendente de este momento histórico y el porqué de la oportunidad. Hasta acá el sueño que nunca fue.


Por suerte, Clarín miente, la mujer de blanco no existe y los sueños de la gente sí.

Carta a mi abuelo.

“La próxima vez te enseño otro truco”, me dijiste, con una sonrisa en la cara que en los últimos años no salía muy seguido, el miércoles que fui a arreglarte la radio. En realidad era ponerla en hora, pero para vos que pasabas casi todo el día al lado de la radio era importante. Una vez más, te dije que la próxima vez que vuelva me iba a quedar un rato más. Una-vez-más, me tenía que ir. Si hubiera sabido que al volver ya no estarías…

Viniste a Argentina siendo un chiquito llamado Yamil, acá te lo tradujeron a Emilio, proveniente de un país remoto llamado “Siria”, en la otra punta del mundo, del cual se poco y nada. Se notaba en los rasgos. La nariz particular de los turcos, morochón y de labios oscuros. Algo de eso tengo, creo. Tu familia tenía un régimen bastante bravo, me contó mi vieja. Sin embargo poco te importó. Los sábados, sagrados para ellos, le sacabas el auto a tu papá a escondidas y te ibas de joda. Todavía tengo el recuerdo fresco de cuando me contaste, hace poquito, que una vez lo chocaste y, en pocas palabras, cagaste la fruta. Tuviste la libertad que pocos tienen, aún teniendo a los tuyos en contra, para casarte con la mujer que elegiste. Claro, el problema era que la abuela Titina era católica. Fiel a esa libertad, repito, poco te importó. Vos sabías que era ella la madre de los que iban a ser tus hijos. Así fue: mamá, Fer, Gabriel y Mariela, en ese orden.

Como todo turco, lo tuyo era el comercio. No entendía cómo a los setenta y pico pusiste una fábrica de medias. En realidad, hoy te entiendo. Vos sabías lo que era vivir, y lo que no.

Aunque del bocho estabas mejor que yo ahora, los últimos años no la pasaste muy bien. Te encantaba jugar al ajedrez en el parque hace un tiempo, pero la semi-ceguera que a esta altura tenías producto de los ACV te lo impedían. Veías lo suficiente como para manejarte solo, pero no tanto como para leer o ver televisión, como todo abuelo. Más allá de eso, para mi veías más que cualquier otra persona.

Ese mediodía soleado estabas sonriente y jodón. Nunca voy a saber si esa sonrisa era para vos, como me gustaría que haya sido, o para nosotros. Es que era el día de tu cumpleaños número noventa. Sí, noventa. Fuimos a almorzar a puerto madero, como solíamos hacer para tus últimos cumpleaños. Yo comí unos ravioles con una salsa medio rara que estaban espectaculares. Vos no se porque estabas casi en la otra punta de la mesa, pero con Nina, tu nieta preferida, nos dimos cuenta de que lo estabas disfrutando; no podía ser de otra forma, era uno de los pocos placeres que tenías. Me hubiera gustado haberme sentado un poquito más cerca tuyo. Cuando se hizo de noche y terminó tu día, hiciste lo que no se cuánto tiempo planeaste. Como siempre, fiel a tus principios, elegiste. Elegiste terminar con lo que ya no era, y no te culpo. Cuando pensé que me habías enseñado mucho y ya era poco lo que me podías enseñar, me sorprendiste una vez más. Gracias por tanto, te quiero mucho.

Nicanor