Estamos hasta los dientes de consumismo. La publicidad se incrusta en nuestras entrañas días tras día, inexorablemente. Las campañas de marketing determinan con precisión de cirujano la innumerable lista de cosas que necesitamos para vivir felices; por lo general productos llenos de tóxicos o servicios que solamente sirven para reclamar, cuya necesidad tendría signo negativo si fuera un número. Los profesionales de la salud, disfrazados con las acreditaciones que la educación formal -también empapada en intereses- les dio, salen en anuncios recomendándonos productos de las firmas que llenan sus bolsillos, cuando no lo hacen personalmente. En la calle, las grandes empresas nos repiten una y mil veces cuál es la receta para ser felices; y si de felicidad hablamos, no se trata ni de valores, ni de principios, sino de apariencias y logotipos. Nos transformamos en una sociedad de consumo ideal, en la que el estereotipo sigue todas las modas, pasea en autos importados, y consume toda la mierda que le venden. Como dice Eduardo Galeano, el sistema transpira violencia por todos los poros.
¿Qué mejor herramienta para masificar el consumo que los medios masivos de comunicación, en manos de otras corporaciones con intereses no menos siniestros?
El televisor jamás se pierde una cena familiar, para contarnos, en su rol protagónico, cuánta guita gastó Fort en su último viaje a Miami, o cuántas polleras puede colgar Marcelo Tinelli en el techo de su estudio, cortadas en vivo y en directo por él mismo para el deleite y la hipnotización de los tres o cuatro millones de personas que lo ven. -Esto no es cosificación de la mujer, es sólo dispersión para la gente que vuelve cansada de trabajar todo el día- insisten sus más fieles defensores. Los programas de los canales de aire tienen cada vez más publicidad y peores contenidos.
¿Cómo manipulan? Cuando nos sentamos frente a un televisor, nos distendemos automáticamente, dado que ver televisión no implica ningún tipo de esfuerzo mental, a diferencia de, por ejemplo, la lectura. Tomamos entonces una actitud totalmente pasiva y expectante, por debajo del estado de alerta normal, en la que no filtramos la información, quedando expuestos a la manipulación más perversa. Así, las intenciones de los productores de mentiras, introducidas en anuncios creados por profesionales, se cuelan en nuestra mente de una forma subliminal; a menos que conozcamos los métodos que utilizan y veamos con ojo crítico todo lo que nos dicen. Es esta gran capacidad de influencia la que hace de los medios masivos de difusión una herramienta útil para manejar el eje de prioridades de la sociedad, utilizada por los distintos grupos de poder en función de sus intereses.
Hoy, las nuevas tecnologías de la comunicación están introduciendo enormes cambios, entre los que podemos distinguir la participación activa de los individuos en las redes sociales de internet; fenómeno que está modificando a pasos agigantados el esquema comunicacional de la sociedad.
muy bueno Nica!
ResponderBorrarUn beso grande!
Male