Los ciruelos del fondo de la casa de Corvalán, trepadoras por excelencia para un chico de cinco años. El viaje a Mendoza, los viejos adelante, la petisa y yo, acostados más cómodos que nunca en el asiento de atrás del Regata. Lágrimas de cocodrilo para ir al “chopping” (jamás fallaban) y “pobrecita mamá ya va a pasar”, con los brazos apenas a la altura de tus rodillas. Los autitos de colección de Montevideo, y tres días y tres días.
Click. Mi vieja, Ni y yo a las torres de Yatay. Una simple mudanza, nada más. Ilusos deseos ya resignados persistieron por un tiempo. Nostalgias empañadas por el olvido aparecen de vez en cuando. Quizás no sea lo ideal, pero a lo mejor no es tan malo. Cómo hubiera sido. No sé, pero no fue; en la próxima vida, quizás.