Viniste a Argentina siendo un chiquito llamado Yamil, acá te lo tradujeron a Emilio, proveniente de un país remoto llamado “Siria”, en la otra punta del mundo, del cual se poco y nada. Se notaba en los rasgos. La nariz particular de los turcos, morochón y de labios oscuros. Algo de eso tengo, creo. Tu familia tenía un régimen bastante bravo, me contó mi vieja. Sin embargo poco te importó. Los sábados, sagrados para ellos, le sacabas el auto a tu papá a escondidas y te ibas de joda. Todavía tengo el recuerdo fresco de cuando me contaste, hace poquito, que una vez lo chocaste y, en pocas palabras, cagaste la fruta. Tuviste la libertad que pocos tienen, aún teniendo a los tuyos en contra, para casarte con la mujer que elegiste. Claro, el problema era que la abuela Titina era católica. Fiel a esa libertad, repito, poco te importó. Vos sabías que era ella la madre de los que iban a ser tus hijos. Así fue: mamá, Fer, Gabriel y Mariela, en ese orden.
Como todo turco, lo tuyo era el comercio. No entendía cómo a los setenta y pico pusiste una fábrica de medias. En realidad, hoy te entiendo. Vos sabías lo que era vivir, y lo que no.
Aunque del bocho estabas mejor que yo ahora, los últimos años no la pasaste muy bien. Te encantaba jugar al ajedrez en el parque hace un tiempo, pero la semi-ceguera que a esta altura tenías producto de los ACV te lo impedían. Veías lo suficiente como para manejarte solo, pero no tanto como para leer o ver televisión, como todo abuelo. Más allá de eso, para mi veías más que cualquier otra persona.
Ese mediodía soleado estabas sonriente y jodón. Nunca voy a saber si esa sonrisa era para vos, como me gustaría que haya sido, o para nosotros. Es que era el día de tu cumpleaños número noventa. Sí, noventa. Fuimos a almorzar a puerto madero, como solíamos hacer para tus últimos cumpleaños. Yo comí unos ravioles con una salsa medio rara que estaban espectaculares. Vos no se porque estabas casi en la otra punta de la mesa, pero con Nina, tu nieta preferida, nos dimos cuenta de que lo estabas disfrutando; no podía ser de otra forma, era uno de los pocos placeres que tenías. Me hubiera gustado haberme sentado un poquito más cerca tuyo. Cuando se hizo de noche y terminó tu día, hiciste lo que no se cuánto tiempo planeaste. Como siempre, fiel a tus principios, elegiste. Elegiste terminar con lo que ya no era, y no te culpo. Cuando pensé que me habías enseñado mucho y ya era poco lo que me podías enseñar, me sorprendiste una vez más. Gracias por tanto, te quiero mucho.
Nicanor
sos un tierno chabon jaja siempre me caiste bien y siempre t dije lo mismo sos re buen pibe loco
ResponderBorrargracias anónimo!
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